sábado, 4 de octubre de 2014

El bosque

Sus pequeños piecitos descalzos caminaban sobre el suave cesped del sendero.
El mundo le resultaba curioso... La manera en que las flores se mecían con el viento, como las ramas de aquellos gigantes árboles se entremezclaban y hasta un caminito de hormigas era fascinante de contemplar para el niño.
Su felicidad pasaba porque aquel frondoso bosque le regalara un susurro entre las hojas de los árboles o el aroma de una flor.

En aquel lugar no había tiempo, el mundo se detenía en un instante eterno, dejando que el pequeño lo ocupara con su expedición natural. Sus risas se mezclaban con las melodías de las aves formando sinfonías ondulantes que llenaban el aire.

El sendero lo llevo a un claro donde descansaba un profundo lago. Este,agradecido por la compañía, le regalo su reflejo.El niño contempló como sus ojitos se encontraban con otros, idénticos pero opuestos...

Siguió su camino improvisado cuando observó pequeños destellos carmín asomando de un arbusto.
La nefasta curiosidad lo llevó a acercarse demasiado...
Contempló entre sus frágiles deditos las pequeñas bolitas carmín, esféricas, brillantes, deseables...sin dudarlo las degustó.

De cara al sol el pequeño se recostó sobre el suave cesped. Sus ojitos se comenzaron a entrecerrar mientras contemplaba las copas de los árboles.
El bosque comenzó a oscurecer hasta desvanecerse, el viento dejó de susurrar y las flores dejaron de desprender su aroma. El frondoso bosque volvió a quedar vacío, ya no se escuchaban pasos, risas ni latidos... Solo el susurro del viento entre las hojas...

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